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40 Años de Piano Bar: detalles del álbum de Charly García que cambió la historia del rock

Con un método rupturista en su grabación, esta obra del bigote bicolor y su impresionante banda marcó un hito en la música nacional. ¿Por qué?

La democracia no había cumplido un año todavía. El país vivía una especie de ebullición de libertad. El entusiasmo preelectoral había invadido todos los ámbitos sociales y el post (electoral), la llamada “Primavera democrática”, desencadenó una algarabía que todavía no alcanzaba su máxima expresión.

Actos políticos, artísticos, culturales, marchas en defensa de los derechos humanos; se reeditaban discos censurados, películas, kioscos de diarios con revistas eróticas que tapaban con nylon la imagen de alguna vedette. Clima de época.

Cerrando lo que para algunos es la trilogía básica del Charly García solista inicial, en los 80’ (otros lo extienden hasta Parte de la Religión, de 1987, y pasaría a ser una tetralogía), Piano Bar fue grabado en 1984 en Estudio Ion de Capital Federal y mezclado por Joe Blaney en Electric Lady Studios, en la ciudad de Nueva York.

Había una banda de apoyo que venía aceitada desde Clics Modernos: Willy Iturri, en batería, fundamental en esta etapa por su sonido de tambor, feels acertados y sencillos pero aplastantes; Pablo Guyot, en guitarras; Alfredo Toth en bajo, Fito Páez en teclados; Fabiana Cantilo, en coros y Dani Melingo, en saxo.

El disco fue abordado por el propio Charly como algo realmente “en directo”, grabar en vivo tocando todos juntos.

Las bases fueron registradas en tres días.

Al tener banda, no hacía falta overdubs, como cuando él tocaba todos los instrumentos, como en gran parte de Clics Modernos.

Hay un feeling rockero despojado de tecnicismos.

Un particular método de grabación para Piano Bar: a 40 años del disco de Charly García

El método de grabación —cuenta Charly— fue el siguiente: “Yo les daba una brevísima guía de cómo era el tema, sin muchos datos. Me preguntaban en qué tono, y yo les decía que tocaran lo que quisieran. Tocás lo que tenés que tocar y luego vemos”.

Una grabación en parte desprolija, pero con una impronta que, sin duda, acabaría definiendo el sonido buscado.

Amilcar Gilabert, el ingeniero de grabación, fue también ideólogo de este método, o al menos el gran cómplice de García, porque al proponerle, quizá indirectamente, grabar en forma digital, traería aparejadas consecuencias no deseadas que definieron, en parte, el sonido final del disco a la hora del corte y de la mezcla.

Por esta razón, Joe Blaney se vio obligado a mezclar nuevamente el disco para dejar satisfecho a Charly.

Uno por uno, los temas de Piano Bar, a 40 años de su lanzamiento

Primero: “Demoliendo Hoteles”, un tambor bien al frente, comprimido y Willy aporreando con todo.

La historia de demoler como método vengativo, de crecer con Videla y las prohibiciones. Y de ansiar libertad.

Canción que  quizás comience en Mendoza, en la gira de Clics, con el propio Charly arrojando un televisor por la ventana.

El tema va para adelante, con esos acordes suspendidos que genera tensión, como muy bien explicó Seba Furman en su maravilloso podcast “La Canción sin Fin”.

No hay canción como esta que no lo asalte a uno la irresistible tentación de escucharla tres veces seguidas.

Mejor tema para arrancar “un Long Play” no habrá jamás.

Segundo: Promesas sobre el Bidet”.

Otro gran hit del disco, ese aro de tambor con efectos de Iturri que se anticipa a un tema que vendrá después.

Va sincopado en las estrofas y relaja en el estribillo, baja la intensidad de la que venía de “Demoliendo…”.

Hay una bipolaridad. Tan bien y tan down… y eso de de prometer constantemente algo, luego de hacer precisamente lo contrario, y aún así, te lo perdonan. Hermosa melodía y perfectamente armonizado.

Tercero: “Raros peinados nuevos”.

El aro de Willy ahora abarca todo el tema y la cuestión sigue bajando con respecto al primero.

Es una pieza tranquila con melodía non stop durante toda la canción.

“De chiquito fui aviador, pero ahora soy un enfermero”, es decir, quiero curarte y hacerte los primeros auxilios para que te sientas bien.

¡Apaga el televisor! La coda final se le queda pegada a uno y la silba hasta más no poder. Sonó incansablemente en la radio. Y en los boliches, antes de los lentos. Sí, señor.

Cuarto: “Piano Bar”.

Presten atención, se abrió el Piano Bar.

Impregnado en su principio de una melancolía casi tanguera, uno imagina escenas de un barrio de madrugada, luces, bruma, frío y silencio… algo similar a la película Sur, que se estrenaría tres años después.

Gente entrando a un bar a beber… a un Piano Bar.

Posee un puente hermoso: “las chicas tienen un lugar donde viven esas cosas que asombran… y los chicos tienen un lugar para ir a conversar”; viva el bar como aula de la Universidad de la calle, como claustro.

Hay un Gardel futurista entre luces de neón y rockers. Como uno más. “Percal, rubias de New York retiradas…” la parte final Pablo Guyor mete un hermoso solo mientras el  tema se va en fade.

Quinto: “No te animas a despegar”.

“¿Por qué te quedas en vía muerta?”, en una melodía suspendida y extensa, se pregunta García (nos pregunta a todos): ¿por qué no te animás a despegar?

Todavía no descarrilaste, aprovechá… nos dice, casi suplicante, nuestro artista de bigote bicolor.

Recordemos que García, como un gran artista y a la manera de Bowie, parece anticiparnos un futuro próximo. Cuando este llega y nos alcanza, ellos ya escaparon a otro sitio a esperarnos.

Con esta belleza, la púa se levanta sola y el movimiento anuncia el fin del lado A.

Lado B. Primero: “No se va a llamar mi amor”.

La canción iban a titularla originalmente “Mi Amor”, pero el que quedó es la consecuencia directa de la burocracia de aquellos tiempos en Sadaic, y se refiere a que, por esos años, no podía haber dos canciones que se llamen “Mi Amor” en la misma placa. ¿Ok?

Un García enojado no lo pensó tanto y la nombró como la conocemos.

Hay un grito primal al comienzo y el tambor en negras y una guitarra Rickenbacker rasgando. Una letra ingeniosa y casi picaresca. Final con tráfico de Avenida Coronel Díaz como sonido del paisaje capitalino de 1984.

Segundo: “Tuve tu amor”, la belleza de la sencillez en una canción. Es moderna y atemporal. Las palabras están, parece, para acentuar una nota o el ritmo, antes que para generar un efecto poético.

Hay frases antojadizas que pareciera que sobrevolaban y aterrizaron de emergencia allí. “Yo me pude despedir en septiembre”, dice, en clara alusión a la despedida de Sui Generis en el Luna Park.

Tercero: “Rap del Exilio”. Quizás el que menos me guste. Posiblemente surgido de una zapada funk, quedó como quedó.

Palabras que riman en el primer y tercer verso y de cómo entendíamos un protorap por esa época. El saxo de Melingo ya es marca registrada del Pop Argentino de los ochenta.

Si, me exilié en Madrid, y me fui a New York

Sólo porque seguí a Perón

Tenía un sólido futuro artístico

Y me comí el bajón

Yo tenía tres libros

Y una foto del Che

Ahora tengo mil años

Y muy poco que hacer.

Cuarto: “Cerca de la Revolución”.

Un riff tal vez inspirado en “Venus”, de Shocking Blue, este hecho no le resta, es más, le suma.

Es una de mis canciones preferidas, no solo de este disco sino de todo nuestro Rock. Es una 4 por 4.

En su título está la palabra Revolución y ya ese término guía el futuro sonido.

Como marcándolo a fuego. “El pueblo pide sangre” a cambio de un mundo igualitario, en paz, libre. No pareció alcanzar tanta sangre…

Es un auténtico rock en el que Charly manifiesta su insistencia hasta lograr su cometido. Algo así como un “Yo no permito”, de Lito Nebbia, pero con un clima beligerante, de proclama, como dejando en claro que no es una simple declaración sino una enfática advertencia.

Quinto: “Total Interferencia”. Pillo, nuestro artista nos deja una de sus mejores canciones de todos los tiempos para el final.

Algo explica este hecho, es la primera en co-autoría con Luis Alberto Spinetta.

Ya no es “Peluca Telefónica” de Yendo de la Cama al Living.

No eran secretas las intenciones de ambos de plasmar todo en un disco compartido.

Una estrofa bellísima y un nexo y un estribillo que modulan con tanta magia que conmueve. Es pura levitación. Es poesía para tus oídos. Y un final despojado con un sintetizador como protagonistas de un clima único…

La historia cuenta que Charly no estaba del todo convencido de incluirla y que Fito Páez interpretaba el hecho como una oportunidad única, con peso histórico, dadas las personalidades involucradas. Páez fue el que parece persuadir al propio Charly de incluirla.

Finalmente, García accede situándola como cierre del disco.

En ediciones posteriores se agregó una ochentosa versión de “Canción para mi Muerte”, con un saxo de Dani Melingo muy arriba. Una hermosa versión que, injustamente, pasó algo desapercibida.

Son altas horas ya para seguir en este Piano Bar. Pero mantengamos la calma, este seductor y decadente antro abrirá para quienes quieran volver una y otra vez. Y para los que todavía no traspasaron su umbral, prepárense para sorprenderse.

Esta trilogía del, para muchos, mejor Charly no podría haber concluido con la vara tan alta.

La estatura de García y su incidencia artística en la Cultura argentina son incalculables. Hay jóvenes que no lo tienen en su radar por una cuestión generacional, parecen no advertir su influencia. Pero está, siempre está.

Gracias a la Antena García muchas cosas fueron amortiguadas en jóvenes de los 70’, 80’ y parte de los 90’.

Como una deidad que nos observa como si se encontrara en otro plano, o como el enfermero de “Raros Peinados nuevos” que nos asiste con primeras curaciones para que podamos salir adelante. Es muchísimo. Tendría que alcanzarnos.