Amaicha del Valle

El trayecto entre Tafí del Valle y Amaicha tiene una frontera invisible pero tajante. Al principio el paisaje es más generoso en verde hasta que súbitamente, pasando una de las tantas curvas que presenta el camino, todo se vuelve más árido. Comienzan a verse cardones y lo que era de tonalidades clorofílicas se empiezan a transformar en imágenes ocres, marrones, sepias. Y se advierten cardones, esos cactus de los dibujitos animados, pinchudos y con distintas formas.

Vamos en el micro y en mitad de camino para para levantar a media docena de chicos de blaquísimos guardapolvos blancos que van a la Escuela.

Ezequiel se me sienta al lado. Aunque no pide formalmente permiso me dirige una mirada cordial pero parca. Lo saludo dándole la mano.

Charlamos unos minutos. Ezequiel tiene 11 años, pelo enmarañado, la tez pulida por el sol de la montaña y los dientes blancos a juego con el guardapolvo. Me dice que le encanta vivir acá. “Acá” es en el medio de la casi nada, para los ojos de un urbano como yo. Me dice que hace un par de kilómetros a pie todos los días desde su casa hasta la ruta. Luego se sube al micro y en unos minutos entra a la escuela. Es temprano. Él tiene la cara más despierta que yo y parece que se sabe la lección de hoy de memoria. Me dice que al mediodía se vuelve para la casa a comer. Y luego se encarga de la cría de los animales que hay en su casa.

Va pispeando por la ventanilla y se percata que está cerca. Se levanta sin saludar, arrea a sus amigos y hermanitos y se baja. Del otro lado de la ruta se ve la escuela rural. De a poco los chicos van entrando, rodeando el mástil para izar la bandera como todos los días.

LLEGADA A AMAICHA

Amaicha es tranquila. La vemos tranquila. Y eso que llegamos a las diez y media de la mañana, una horario casi pico. El micro nos deja en la puerta de la comisaría. No porque hayamos hecho algo indebido, sino que no hay terminal de omnibus y toda la actividad se desarrolla en esas cuatro manzanas que rodean a la plaza central. Se intuye desde el principio que acá no habrá mal clima y que las tradiciones indígenas son las que priman. Como el cd que contenía las imágenes que saqué de este hermoso lugar se me rompió les sugiero que no se pierdan estas fotos para acercarse un poco más a este comunidad que cada año designa y corona a la mujer más anciana como la representación de la Pacha Mama en el pueblo.

MUSEO DE LA PACHA MAMA


Este Museo, ubicado a pocas cuadras de la plaza principal, aparte de tener una gran belleza y un diseño que encaja perfectamente con el paisaje, resulta instructivo a los fines de empezar a conocer todas las culturas que vivieron en el Noroeste argentino.

Días de radio (Tafí del Valle y El Mollar)

Cuando completamos nuestra caminata de 12 kilómetros -toro de por medio-, llegamos a El Mollar: un pueblo tranquilo en donde está ubicado el Parque de Los Menhires como atracción principal. La historia de estos monolitos es un tanto particular y, aunque el parque está muy descuidado y no tiene mucho imán para atraer turistas, merece un mini paseíto.

Al salir y a punto de tomar el remís de regreso (12 km ya habían sido suficiente esfuerzo físico como seguir exigiendo a los músculos) vimos que, al lado de la plaza había una radio comunitaria.

Entramos sin golpear, como se entra en los pueblos. La cordialidad y el invite a participar fue inmediata, como se estila en los pueblos.

Allí estaba Jorge. Amable, simpático, hablador. Él solito, en una habitación de 3X4 pintada de un rosa zumbón, con sus consolas y sus cds. Y el celular.
“Y seguimos aquí en FM Joven, 103.5, desde El Mollar. Y ahora vamosa mandar saludos a…”
Con una voz graciosamente impostada, Jorge se disponía a cumplir con las salutaciones que le llegaban vía SMS a su celular con tarjeta. Esa forma de comunicación es la más elegida por los oyentes que le piden canciones de Isabel Pantoja, cumbias románticas, temas de Serrat y de Perales y bandas de sonido a alguna novela de la tele, entre otros.
Los pedidos son multifacéticos, nos dice, y Jorge cumple con todos. Él hace comentarios sobre el tiempo y algún prólogo cursi cuando la canción es de esas empalagosas que le gustan a las señoras mientras toman el mate en la tranquilidad de la tarde pueblerina. Así todos los días. Y le gusta, dice.
“Esta es una radio comunitaria que se escucha en todo el valle. La gente la sigue mucho, se engancha… Yo empecé acá por un amigo, que ahora falleció. Él me ofreció el lugar. Me preguntó si me animaba a ponerme delante del micrófono… Y bue.. viste que al principio se te frunce todo.. pero después me solté”.
“Los equipos son nuevos. Los compró la Municipalidad andan lindo. La radio hace mucha compañía a la gente de acá…”
Cuando terminó un tema de Chayenne, Jorge nos presentó y nos hizo una entrevista. A mí, a Darío y a Markus, el amigo suizo que nos acompañó gran parte del viaje. Era la posibilidad de ver, escuchar y participar de una auténtica radio comunitaria del noroeste.
La experiencia valió.
Vamos a una tanda y enseguida volvemos.

Tafí del Valle

Luego de una intensa recorrida por San Miguel de Tucumán y sus alrededores, que incluyó visita a la cima del cerra San Javier, paso por Villa Nougues con sus rojos liquidambares; luego por el convento de monjes benedictinos de El Siambón y el respectivo y celebrado desoriente en el regreso, llegó la hora de arrancar para Tafí del Valle al otro día.

El lunes 9 de abril el micro empezó a recorrer la ruta que separa a la capital tucumana con una de las ciudades preferidas por los lugareños para pasar la Semana Santa.

Como es costumbre, llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada. El día anterior fue pascuas y ahora sólo había vestigios de la gran celebración que convocó a miles de personas para ver la renombrada y célebre Pasión de Cristo.

La excusión a realizar se trataba de una caminata de 12 kilómetros por un sendero que bordeaba un río y que nos llevaría hasta el pueblo vecino llamado El Mollar. Así fue que nos dispusimos con todo el ímpetu para recorrer ese trayecto. El paisaje, hermoso. El sol, a pleno. La vegetación, increíble. Todo venía de maravillas. El disfrute era total hasta que pasó la anécdota del día.

Casi más nos “coge” un toro.

Así como escuchan. Que una cosa es ver los toros en la Televisión Española. Que otra cosa es que estés caminando tranquilito tranquilito por el medio del campo y pase un compañero de atrás corriendo al grito de “¡Cuidado!, ¡Cuidado!, ¡Guarda el toro!” y de repente te des vuelta y un portentoso animal se aproxima a un trote apurado mientras bufa y rasguña la tierra.

Las ganas que tuve de alguna vez ir a Pamplona en ese mismo instante se desvanecieron.

Mientras tanto el toro se venía. Enfilamos para unos alambrados, con la vana certeza de que sería lo más apropiado. El embiste por atrás se aproximaba. La película de mi vida se proyectaba casi postumamente ante mis ojos… Esperamos el impacto…

La cuestión es que no sabemos cómo, el torito nos pasó de largo. Al segundo salió un arriero jovencito montando su caballo en busca de él.

Cuando todos pensamos que todo había pasado, y que era sólo una buena anécdota para contar, vimos que ahora el grandote mastodonte se venía de frente. Con la tranquera abierta, lugar por donde se había escapado, quise hacer una especie de corralito para que nos cubriera. El torito se acercaba y el temor se convirtió en pánico.

Le vimos el blanco de los ojos. Ahí nomás. Cerquita.

Por suerte el animalito de Dios justo en el momento en que lo teníamos de frente se le dio por frenar y meterse de nuevo en el corral, de donde no debería haber salido. Ahí mismo y sin pestañear cerramos la tranquera con rapidez y nos dispusimos a puntuar nuestra faena cobarde.

Tanto ver a la tardecita de los fines de semana las corridas de toros por TVE para nada!!!

Olé…

¿El Mollar? Sí, llegamos bien. Muy lindo. Gracias. No mucho para hacer. Salvo el paseo por El parque de los Menhires y una visita fugaz a la radio 103.5 FM Joven. Pero esa es otra historia.

San Miguel de Tucumán

El micro se demoró dos horas más de la que la paciencia soportaban. Al mediodía ya estaba en la tan mentada San Miguel de Tucumán. Durante el viaje, demorado por la elección de caminos alternativos presionado por las inundaciones, se sucedieron pueblitos chiquitos. De esos que entre el cartel de “Zona Urbana” y “Fin de Zona Urbana” solo mediaban 24 segundos. Esos pueblitos en los que siempre hay un viejo arrugado esperado ¿qué? en la vereda. Y un perro que sigue a una vieja con vestido de flores demodè.

Luego de la rigurosa y placentera bienvenida que me dio San Miguel (con milanesas antológicas) salimos para conocer el Dique El Cadillal. Antes hubo tiempo para un vuelo rasante por la Mate de Luna, el centro y Yerba Buena.

El Cadillal resultó ser un lugar ideal para bajar los niveles de stress traidos desde Buenos Aires. Sereno, armónico, con muellecito y barquitos, como esos lugares que están en los folletos de las AFJP.

A la noche hubo un avistaje de la ciudad desde el Cerro San Javier.

Hubo tiempo para hacer unos fernets en un bar al pie de cerro con música viejita. Y para seguir el derrotero nocturno una pasada por el Abasto, pero con música nacional.

Al otro día: asado, humita, pollo, tortas. Pero también un paseo por la Reserva de Horco Molle. La noche: muy divertida y amena. Con varios vinos. Así hay que disfrutar la noche tucumana. Hasta que las velas no ardan.

Miradas sobre la comunicación, nuevas tecnologías, medios y demás curiosidades sueltas