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La sabiduría de Woody Allen para exprimir lo mejor de una París eterna

Woody Allen tiene esa envidiable capacidad de hacer con poco algo extraordinario.

Un guión simple y el marco más adecuado. En verdad, pensándolo bien, es el mejor escenario que le podría haber caído a una de sus películas. Si supo resaltar los encantos de Nueva York, de Barcelona, de Londres ¿cómo iba a faltar París en ese póker ambicioso?
La París actual se mezcla en un delirio calculado y previsto con la de la década del 20 -auge del surrealismo y   uno de los momentos de mayor creación artística del siglo pasado-. También se retrotrae a la Belle Epoque -1890 aproximadamente- con todos los excesos y derroches que la capital francesa le ofrecía al mundo por ese entonces.

En la película se potencian muchos puntos al mismo tiempo. La inicial elección de París como geografía se ve felizmente ajusticiada con una fotografía a la altura de la circunstancia y una música que encaja perfectamente con lo que se quiere contar.

Las actuaciones son milimétricas. Un Owen Wilson que rompe el molde y se luce al adoptar el tono exacto en el que se lo puede confundir a partir de los gestos, apresuramientos y dubitaciones con el mismísimo Woody. Y ahí también radica otro acierto. El rubio, largamente relacionado a comedias livianas y pasatistas del Hollywood más tontón, se compenetra en el timing que requiere el tono jocoso, el conflicto existencial y la ilusión menos imaginada con personajes de otra época y registro.

Si en la Rosa Púrpura del Cairo se transgredía el límite de lo real y la ficción, dentro de la misma ficción. En Medianoche en París se desfila entre el conflicto simple que va desde una inconformidad con el trabajo y la pareja a la proyección de los sueños en la mismísima realidad, que nunca deja de ser ficción.

Y como consecuencia más directa y sin mediar grandes explicaciones argumentales, Gil (Owen Wilson) pasa de estar en una fiesta con Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y Cole Porter a sentarse en una mesa con Salvador Dalí, Degas, Gaugin o Pablo Picasso.

El sueño hecho realidad. O mejor dicho, la realidad hecha sueño. Pasajes memorables con diálogos inteligentes y caras de Wilson que lo dicen todo, mientras vive esos encuentros entre la ilusión de una ciudad que parece que todo lo puede.

Marion Cotillard, la bellísima mujer que protagonizó Piaf, se luce y le presta su fino porte como un contrapunto de los grandes dilemas existenciales que tiene este escritor que se gana el puchero escribiendo malos guiones para Hollywood y que tiene el destino a corto plazo orientado a vivir con su noviecita de familia rica en Malibú.

París hará todo lo posible, con esas fuerzas extraysobrehumanas que tiene esa ciudad escondida en su aires, en sus calles y en sus entrañas, para que el destino sea otro. Pero en el medio, mutación y aprendizaje del artista-escritor mediante, se sucederán postales deliciosas con el marco de Montmartre, Pigalle, el Barrio Latino y esos lugares que la hermosa ciudad luz le transmite a los que pisaron sus calles.

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