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Backstage en Iruya (El otro lado del comercial de Guinness)

Siempre hay una historia detrás de la historia que narra una publicidad.

“No te podés perder Iruya”, me decían todos los viajeros que anduvieron por el norte. “Es un pueblito encantador, muy tranquilo, pintoresco, rodeado de montañas, con una magia indescriptible”, continuaban insistiendo. Así que tomé la mochila y salí de Tilcara. Iba a pasar el día allí. Y llevaba la impaciencia normal de quien fue lobotomizado por consejos insistentes y arrastra grandes expectativas.

Era un día de sol pleno. Durante las cuatro horas que duró el viaje por el camino de ripio se observaron paisajes en un in crescendo de belleza. Íbamos a bordo de un micro desvencijado de la década del sesenta que te hacía traquetear los dientes por los saltitos que le imponía la ruta.

Llegamos. Bajamos. La Iglesia que está en las puertas del pueblo nos dio la bienvenida.
Pero.
Pero.
Se notaba que algo raro había en el lugar. Algo extraño estaba sucediendo. Se olía en el aire.

Había objetos extraños. Extraños para lo que uno pensaba que se podía encontrar en un pueblo norteño.

Había poca gente por las calles. Y en la escuela primaria no se escuchaba el normal tumulto que debían hacer los alumnos.

A medida que empezamos a caminar comenzamos a ver carteles informativos, pero que nada tenían que ver con la historia local o las bellezas naturales.
En la plaza central, lugar de encuentro común de todo el pueblo, se observaban cámaras y demás cosas para filmar.

En Tilcara nos habían dicho que el pueblo estaba “tomado” porque había una filmación de un comercial publicitario. Y así parecía.

Ya llegando a la Sociedad de Fomento no quedaron dudas. Allí se erigía una de las locaciones centrales, en donde se desarrolló el spot publicitario.

Los gringos gritándoles nerviosos a los handy se mezclaban con ralentizados habitantes locales devenidos en extras. Lo autóctono se fundió a negro con focos, cables y directores de cámara, iluminación, logística que corrían de un lado para el otro. Que movián a los dóciles habitantes locales a su voluntad como si fueran manequíes.


Me enteré que a los pobladores del lugar le pagaron sólo $50 por largas jornadas de trabajo a pleno sol.

Era muy desconcertante ver a los dueños de ese pueblo, los propietarios de ese lugar, los afincados en esas tierras trabajando como actores de reparto y arengados por el equipo de producción para que pongan su mejores caras y gestos publicitarios.

En vez de verlos distendidos en sus casas, viendo pasar la tarde, con los ojos curiosos por los turistas la imagen fue otra. En este spot informal que presencié se veía a los locales debajo de unos toldos de lona, recibiendo órdenes en un mal castellano de una productora gringa que parecía una maestra jardinera aleccionando a niñitos.

Cosas de las globalización.

Un danés, encarándose a una española, tomará la cerveza irlandesa Guinness en un pub de Londres mientras por la tele difundirán sin audio, por el ruido, el comercial filmando en Iruya, Salta, República Argentina.

Cosas de la globalización.

Y de los bajos costos que tenemos para el mercado mundial.

Yendo a lo técnico habrá que decir que el comercial está bueno.

Pero algunos dicen que la idea tiene “cierto parecido” a este comercial de Honda. Ustedes dirán.

Acá se puede ver el making off del comercial.

En síntesis: En esa breve estadía de un único día me quedé con las ganas de experimentar la tranquilidad, la magia y el encanto de Iruya, que por un momento parecía un estudio de Hollywood.

¡Qué gusto tiene la sal!

Pasó que dejé olvidado al blog. Pobrecito. Ahora lo veo y siento como que hay que pasarle el plumero. Como si estuviera en deuda.

Lo último posteado quedó allá lejos, en julio, cuando falleció el Negro Fontanarrosa. Y el relato del viaje que hice en abril al Norte de la Argentina quedó trunco.

Acá van algunas impresiones que no quisiera dejar en el olvido de esa recorrida por el NOA.

La idea es sintetizar algunos grandes momentos del viaje y empezar a darle alguna forma, algún estilo a este espacio propio. Veremos qué sale.

Desde Purmamarca contratamos a Román con su camioneta Kangoo para hacer la excursión a la Salinas Grandes.

Román nos contó que tenía 6 hijos.

Es impresionante la sensación que genera el ir avanzando por la puna y de repente empezar a ver una llanura blanca a lo lejos


Y luego internarse en un paisaje inmensamente blanco.

Es una sensación de plenitud increíble. De desconcierto. ¿Qué hace tanta sal ahí, justo ahí? Parece un oasis en el medio del desierto.

Tenés que refregarte varias veces los ojos para creer lo que estás viendo. Blanco por acá y por allá. Y atrás montañas. Pentágonos de sal que son pentágonos más vistosos e inofensivos que otros pentágonos. Se entiende…

Y se ven cosas raras. Como salidas de un cuadro de Dalí.


Lo que para unos es placer, para otros es sacrificio.

Bajo presupuesto municipal

A la izquierda se puede apreciar la Municipalidad de Purmamarca.
Un edificio austero, sin mucha alharaca, sin mucha pompa, sin mucha ampulosidad, sin mucho derroche.
¿Habrá ñoquis?


Al la derecha se puede apreciar el Concejo Deliberante de Iruya. Humilde, sin luces de neón, ni patotas, con poca pinta de esconder gastos reservados.

¿Habrá punteros políticos?

Doña Beba

Llegamos a Purmamarca al mediodía. Si bien el trayecto entre San Salvador de Jujuy y este fascinante pueblo no es muy extenso, la travesía tuvo sus contratiempos: el micro, uno de esos que son muuuy viejos, se plantó com una mula en mitad de camino y no quiso seguir más.

El chofer le daba arranque y nada. Y otra vez, y nada. Y otra vez, y nada. Entonces levantó una tapa grande que estaba al lado de la palanca de cambio. Eso, después supe, cumplía la función de capó. Allí abajó estaba el motor y los demás adminículos mecánicos que funcionando al unísono y en armonía logran el milagro de la movilidad en todo transporte con ruedas.

La cuestión es que una vez abierta la tapa empezó a toquetear una manguerita por donde salía nafta…La tocaba y se iba a darla marcha, y nada. Así como diez veces, hasta que pidió un voluntario con mano chica para que haga fuerza en no sé donde. Una gentil señorita prestó su colaboración y, luego de seguir las indicaciones del chofer y de mancharse de combustible, se transformó en la heroína del pasaje. Un reconocimiento para esta anónima mujer que nos a simplificó la vida con su gesto.

Seguimos camino. Entramos en la ansiada Purmamarca. El micro paró. Bajamos. Y a dos metros había una hostería. No dudamos. Eso es ser vago. El hostel se llama “Mama Coca” y es digno de recomendarse. Básicamente por la hospitalidad, generosidad y buena onda de quienes atienden.

Al llegar nos recibió Doña Beba, la dueña del hostel. Todo un personaje.

Doña Beba fuma sin parar. Cada vez que la ves está con un pucho en la boca. Y además habla, y habla y habla… Le gusta contar cosas, y a los que la rodean les resulta agradable escucharla contar mientras la ven pitar y pitar. Es una optimista genética. Siempre con buena onda y un chiste por decir.

Nos cuenta que hace más de 13 años que empezó a construir el hostel. Lo hizo con un sueldo de docente, de a poquito y con paciencia. Antes vivía en San Salvador de Jujuy, pero un día decidió venirse con su compañero a instalarse en Purmamarca. Y a partir de ese momento fue testigo fiel del crecimiento que está teniendo este pueblo de un tiempo a esta parte.

Doña Beba es militante activa del matrimonio. Mientras sigue fumando le martilla a la canadiense que la escucha que el “matrimonio es lo mejor que hay”, que no hay nada mejor “que poder compartir la vida con alguien”, y que “hay que tener mucha paciencia”. La canadiense trotamundos con novio cordobés la escucha y se ríe. Quiere creer que es cierto. Pero no está muy convencida de las ataduras y compromisos muy duraderos. Hace más de ocho meses que está dando vuelta por América del Sur y luego de su paso por Córdoba -y ver qué pasa con el chico que la enamoró a base de simpatía y fernet- tiene planeado, a fin de año, hacerse un viajecito por Asia. Con él o sin él.

Larga el humo y nos cuenta Doña Beba que fue más de 30 años maestra rural. De esas de vocación. De las que aman lidiar con las pequeñas criaturitas. De las que tienen paciencia y alegría. Y me la imagino en una escuelita en el medio de la nada, mientras se iza la bandera, con la hiperactividad que la caracteriza.

Termina el pucho y nos dice que para bañarse hay que esperar que se caliente el agua. Y se pone al lado de esa especie de caldera y le empieza a tirar leña.

Y cuando termina se prende otro cigarrillo.